viernes, 9 de agosto de 2013

Desde el caxtlán.

Me voy, te dejo con tu hermosa gente y su vida,
su vida de campo, su vida verde, de selva,
de montaña, de manos forzadas y machete.

El matalí, el mesero , y un indicio de lo que sería un impresionante río.
El sístole-diástole de la selva  que se estira y cruje.
Viajera la noche, la vida bohemia y sus estrellitas caídas
que van volando, rozando las plantas, la jungla vibrando.
 El vaho de la música que ya se huele, bulla de políglotas.

Una montaña de zapatistas, de indígenas necios, sudorosos,
 plataneras con el cinto bien amarrado;
 de una advertencia en el camino de roja estrella y pasamontañas,
de esto es mío porque siempre lo ha sido.
 Y la canción de lo que pasó bajo la ceiba,
gallo negro y Zapata,
las curvas de la montaña que seductoras mareaban, salvajes, cerradas.

 Un puente colgante, las cascadas,
 y llegar al cielo cayendo de ellas  con la mirada.
Subir una montaña y socavar a la madre,
 introducirte en sus venas que nunca paran,
que arrasan y explotan frescura y pez.

Y el niño guía que todo sabía, que bajó las nubes y cubrió lagunas,
que nos llevo al fogón con sus dos mujeres,
 que nos hicieron comer la tierra, las semillas, el cielo y el pan.
Su negrura era de centeno, y de sus poros se desmoronaba el cacao,
 semillas que con la llovizna servían en un tarro caliente y natural.

Y los niños pícaros, párvulos trovadores que cantaban tu nombre,
 y sus ojos grandes  y pobres, sus ojos de mundo,
de vacío, de insuficiencia y deriva.
Sus ojos de monedas que nadie les daba y que no tenían.

Un santo llamado Cristóbal que aún no sé porque es santo,
3 de sus arterias viandantes, para el viajero, el ambulante,
y de nuevo las noches forasteras, policromáticas.

 El sabor a chocolate de la lucha suya,
 impresa en estampas multicolores
con la  perdida y ofuscada presencia del que comandaba
 o dicen que aún  comanda.
Y la ternura de la humanidad que se desborda,
la ternura del hombre que no ha arrancado sus raíces de la tierra ,
la ternura del hombre suave y blando, dócil
 como su madre verde, como su madre negra.

 Y del que te pone una silla, y estira la mano y te dice:
“tengo 80 años”.
 Y que te entrega sin antes cobrar,
y que te cobra lo que dispongas darle.
La inédita noticia de la soberanía,
 de aquél que a palos se concede autonomía,
que se para sobre las piedras y por encima de todo.
De los que reparten el fuego en 50 mil velas
 y susurran en revueltos rezos sus profanas lenguas.

Y el niño de un lustro esperando, esperando,
esperando con cara  terrosa
el tesoro pequeño y redondo
que por aguardar le promete:
 la leche y el pan. 

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