Me
voy, te dejo con tu hermosa gente y su vida,
su
vida de campo, su vida verde, de selva,
de
montaña, de manos forzadas y machete.
El matalí, el mesero , y un indicio de lo
que sería un impresionante río.
El sístole-diástole de la selva que se estira y cruje.
Viajera la noche, la vida bohemia y sus
estrellitas caídas
que van volando, rozando las plantas, la
jungla vibrando.
El
vaho de la música que ya se huele, bulla de políglotas.
Una montaña de zapatistas, de indígenas
necios, sudorosos,
plataneras con el cinto bien amarrado;
de
una advertencia en el camino de roja estrella y pasamontañas,
de esto es mío porque siempre lo ha sido.
Y
la canción de lo que pasó bajo la ceiba,
gallo negro y Zapata,
las curvas de la montaña que seductoras
mareaban, salvajes, cerradas.
Un
puente colgante, las cascadas,
y
llegar al cielo cayendo de ellas con la
mirada.
Subir una montaña y socavar a la madre,
introducirte en sus venas que nunca paran,
que arrasan y explotan frescura y pez.
Y el niño guía que todo sabía, que bajó
las nubes y cubrió lagunas,
que nos llevo al fogón con sus dos
mujeres,
que
nos hicieron comer la tierra, las semillas, el cielo y el pan.
Su negrura era de centeno, y de sus poros
se desmoronaba el cacao,
semillas
que con la llovizna servían en un tarro caliente y natural.
Y los niños pícaros, párvulos trovadores
que cantaban tu nombre,
y
sus ojos grandes y pobres, sus ojos de
mundo,
de vacío, de insuficiencia y deriva.
Sus ojos de monedas que nadie les daba y
que no tenían.
Un santo llamado Cristóbal que aún no sé
porque es santo,
3 de sus arterias viandantes, para el
viajero, el ambulante,
y
de nuevo las noches forasteras, policromáticas.
El
sabor a chocolate de la lucha suya,
impresa en estampas multicolores
con la perdida y ofuscada presencia del que comandaba
o
dicen que aún comanda.
Y la ternura de la humanidad que se
desborda,
la ternura del hombre que no ha arrancado
sus raíces de la tierra ,
la ternura del hombre suave y blando, dócil
como su madre verde, como su madre negra.
Y
del que te pone una silla, y estira la mano y te dice:
“tengo 80 años”.
Y
que te entrega sin antes cobrar,
y que te cobra lo que dispongas darle.
La inédita noticia de la soberanía,
de aquél
que a palos se concede autonomía,
que se para sobre las piedras y por encima
de todo.
De los que reparten el fuego en 50 mil
velas
y
susurran en revueltos rezos sus profanas lenguas.
Y
el niño de un lustro esperando, esperando,
esperando con cara terrosa
el tesoro pequeño y redondo
que por aguardar le promete:
la
leche y el pan.
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